En el Cruïlla te recibía un tresillo gigante para la autofoto de rigor. Justo antes, te regalaban un sombrero y, en el interior, donde el catalán no es un exotismo vernáculo, te podías encontrar con gigantes y cabezudos y una Venus con secador atildándose el cabello, quizás preparándose para la jornada. Gestos corrientes para indicar que se trata de un festival cotidiano, donde la asistencia no viste para sofisticar el entorno y que es el evento de quienes probablemente no asisten a muchos más. Ese ambiente de familiaridad es uno de sus grandes ases. El cartel su última jornada, ayer sábado, no ofrecía ganchos de primer orden: los locales Els Pets y Ludwig Band ya se han podido ver antes y los internacionales, Jovanotti y Jon Batiste, no tienen tirón remarcable. Fueron las ganas de jarana del respetable las que convirtieron la jornada en una fiesta. El deseo puede con muchas cosas.Els Pets propusieron sus clásicos no incluidos en los cuatro discos que han celebrando en gira sus cuatro décadas –Calla i balla, Bon dia, Agost i Som- para bucear en su frondoso repertorio con esa elegancia cada vez más británica que tiene Gavaldà vistiendo. Los hay que envejecen bien. El concierto fue una fiesta, decorada con los sombreros que tratándose de un regalo el público lanzaba al aire en una coreografía que alcanzó su cénit en Estúpidament feliç. Lluís, como siempre irónico y un punto autoparódico, ya se paseó antes entre el público en Pantalons curts i els genolls pelats, esa fantástica instantánea de la niñez, e ironizó con ser los Coldplay de Constantí en Aquest cony de temps, dado el vaivén de los sombreros, aún no arrojados al aire, que acompañó a la pieza, “aunque no tenemos presupuesto para pulseritas luminosas”, puntualizó. La mezcla de público del festival se manifestó con ellos, y en la campa reseca frente a su escenario abundaban madres que fueron chiquillas cuando el rock agrícola, ahora rodeadas por chiquillos. En su repaso festivo también a la ausencia del ser querido, Blue tack, y a piezas pautadas por los teclados como Millor, una invitación a no vivir en la queja, el concierto enfiló su final con una de las piezas que, dijo Lluís, más les gusta tocar, Com anar al cel i tornar, para desembocar con Hospital del Mar i Jo vull ser rei. No sonó Bon dia y no pasó nada.Más tarde, lo de Jovanotti fue el típico concierto festivalero. Una suerte de tómbola en la que había de todo y especialmente una energía y ganas de gustar por parte del italiano que resultaban contagiosas. A sus casi 60 años habría de preguntársele por su dieta, por si medita antes de desayunar, en el caso de hacerlo, si es adicto al kéfir o hace una gimnasia especial inventada para él, pues su estado de forma es casi insultante. No paró quieto en ningún momento, se entregó a la audiencia en este su primer concierto en Barcelona, y quizás sólo pecó de explicar demasiado aquello que apenas requiere explicación o que una vez cumplimentada conduce a valorar la síntesis. Con una excelente y nutrida banda que sonó de perlas, el funk, el pop, las baladas, los recitados casi rapeados y un homenaje a Pau Donés con una versión bienintencionada de La flaca, dieron cuerpo a un concierto en el que no faltaron Penso positivo –no hacía falta afirmarlo, se le nota- , o L’ombelico del mondo. En cierto modo es una encarnación del Cruïlla: no hay un estilo determinado en lo que hace Jovanotti, él mismo es el estilo y la fiesta, y su dinamismo puede contagiar. Sólo le falta hablar algo menos. O decir obviedades más sucintamente.Pero si alguien se saboteó a sí mismo en la última jornada del Cruïlla fue Jon Batiste, un músico y entertainer muy dotado que más que hacer música parece querer demostrar con tesón de migraña que sabe hacerla muy bien. Comenzó muy arriba, con temas de sabor soul y jazz con denominación de origen en la tradición. Temas como Tell Me The Truth, Freedom o Big Money hicieron augurar lo mejor, con el público captado desde el inicio y la platea cosquilleada por el ritmo. La asistencia se iba sumando en cantidad y disposición a la celebración, prefigurando una gran actuación. Pero comenzaron a aparecer desvíos de la ruta principal, un retazo de Tom’s Dinner de Suzanne Vega, una versión casi turística de Mais que nada, que fueron rectificadas por una vuelta a la senda principal de la mano de If You’re Happy And You Know It en la que se lució su vocalista de apoyo, encargada de los registros más góspel. A partir de aquí, el guion fue que Batiste, un hombre dado al espectáculo del lucimiento, demostrase que toca el piano, con citas a Mozart y Beethoven, la melódica, el saxo y la guitarra. Encantado de conocerse y de ser tan versátil fue atenuando con solos y pirotecnia el ritmo del concierto, que fue perdiendo público hasta que lo remató con una versión del It’s Allright de Curtis Mayfield y con Butterfly, donde lució su voz de registro agudo, ligero y cálido. Marchó entre el público con When The Saints Go Marching In, pero gran parte del personal ya estaba buscando santos en otros rincones del festival.Los que sí saben manejarse en los festivales son La Ludwig Band, que llenaron su escenario para pasárselo en escena tan bien como su público. Primera consideración, o los adultos habían bebido mucha cerveza, o es que también a ellos les gusta mucho la Ludwig. Los había que parecían chavales, y chavalas, en pleno éxtasis juvenil, como recuperando tiempo perdido, con el sudor empapando la ropa como le había ocurrido llamativamente a Jovanotti. Debe ser que Quim Carandell, con su aspecto despreocupado y casual, el mismo que el resto del grupo, con sus pintas de asesinos del glamur (menos Lluch, el saxofonista, que se inventa el suyo propio), y su sentido del humor, ofrece patente de corso para disfrutar sin tapujos ni autocensura. Incluso la banda se vio ayudada por unos problemas técnicos, un agujero negro para cualquier artista, de los que ellos supieron sacar rendimiento con su actitud y humor. Es más, Carandell varió el repertorio para hacer que se levantase la grada lateral del espacio, donde las personas estaban sentadas, convirtiéndolas en “una pared humana”, así lo definió él, a la que hizo cimbrear con El fill del rei y su coreografía de bailar por el pasillo de casa. Cayeron un buen ramillete de éxitos, que si se ha muerto un señor muy mayor del pueblo, que si el técnico de sonido, que si esas reflexiones fruto de calentar lentejas antes de un adiós, que si las pocas ganas de trabajar para Manuela y qué bonitas son algunas cosas porque en el fondo se desea que lo sean. Y por lo general con el telón de fondo de dejar o ser dejado y amar o ser amado. Vamos, la vida misma. Un concierto de festival, abierto a lo que en un festival pasa y a las reacciones de un personal del que se pueden extraer elementos para que aún se lo pase mejor. La Ludwig tiene esas claves.
El tono festivo marca la última jornada del Cruïlla
Jovanotti, Els Pets y la Ludwig Band auparon el ambiente con conciertos para amparar sonrisas












