Este miércoles comenzó una nueva edición del Mad Cool. Por allí pasaron Foo Fighters, Moby —que fue el único que usó su altavoz para decir algo y atacar a Trump— y la sorpresa inocentona de unos Arde Bogotá disfrazados de la banda inventada Bigger Splash. Pero caminando por Villaverde de camino hacia su novena edición, siguiendo las hordas de gente que van desde el metro al macro recinto creado para estos eventos, y a 40 grados, me dio por pensar en la forma en la que consumimos cultura y sus consecuencias. Unas consecuencias que no solo afectan a la industria de la música, sino, como ejemplifica ese sitio, a las propias geografías y urbanismos de las ciudades.
Especialmente la música se ha convertido en los últimos años en una burbuja enorme. Una burbuja que ha ido creciendo y que ha tenido en los macrofestivales su cara más visible. No había ciudad, especialmente ciudad de vacaciones, que no tuviera su macrofestival. Y lo tenían no porque se amara a la música, sino porque se amaba el dinero. Veían en ese boom una forma de ganar cantidades ingentes de pasta.
No hay nada nuevo en ese sentido, pero el problema es que lo están haciendo a costa de la gente y de la connivencia de otros tantos. Cuando uno va al Mad Cool no piensa en los vecinos de Villaverde ni de Colonia Marconi. En cómo ese recinto ha alterado sus vidas. En cómo el ruido hace sus noches insoportables y cómo han construido un recinto que altera su día a día.











