David Grohl, cabecilla de Foo Fighters, es un tipo que cae bien: la sonrisa del depresivo grunge. Son las 22 horas del miércoles. Grohl sale al escenario de Mad Cool desde un lateral, todo vestido de negro, melena al aire, barba algo canosa (son 57 años), muñequera en el brazo derecho; masca chicle. Rasguea la guitarra. Se mueve nervioso por todo el escenario. Aprieta el puño como si celebrase un gol y pone cara de euforia. “Estáis jodidamente preparados”, grita. Claro que lo están: la gente canta con él All My Life, el primer tema del concierto. Para introducir The Pretender mueve los brazos de un lado para el otro, de forma un poco lánguida, como si fuera un concierto de pop. Un espejismo porque esperan dos horas y 30 minutos de rock visceral, sudoroso y gremial, una advertencia para los que anuncian que esta cosa fabricada con guitarras y aullidos anda de capa caída. Cierto que el género no asoma entre lo más escuchado en las plataformas, pero en directo su vigor atrae a miles de personas. 57.000 acudieron anoche a un ritual rockero tantas veces vivido y siempre imposible de no dejarse arrastrar.Comenzó la novena edición de Mad Cool en el recinto Iberdrola Music, en Villaverde, sur de Madrid, con un llenó en la primera de sus cuatro jornadas. Afluencia significativa de público extranjero, un 37 por cierto informa la organización, la mayoría ingleses. Y el protagonismo absoluto de un grupo que pertenece a una especie casi en vías de extinción en la actualidad: una banda de rock fuerte de masas nacida en los años noventa.“Tengo una pregunta para vosotros”, interpeló Grohl en la tercera canción. “¿Amáis el rock an roll? ¿Queréis rock and roll?”. Y de eso trató el concierto. Tremenda descarga de energía la de anoche. Y qué sonido. Algunas veces hemos criticado aquí el sonido en algún concierto de Mad Cool (el de Pearl Jam hace dos años, por ejemplo) y es de ley destacar que lo de ayer fue un lujo, con todos los instrumentos definidos, la voz perfecta, los solos de guitarra nítidos, el bajo y la batería en su sitio. Algo tuvo que ver, claro, la gran banda que compareció, con dos guitarristas que se las saben todas, Chris Shiflett en los solos, que lució una Gibson con un dibujo de Ace Frehley, el legendario guitarrista de Kiss, que falleció en octubre de 2025; y luego estaba con la rítmica el siempre sonriente Pat Smear, con Grohl desde los tiempos de Nirvana.Pero el que brilló fue el jefe, que ofreció un despliegue físico, instrumental y vocal sensacionales. Esa imagen de Grohl con la pelambrera sobre el rostro y dejándose la garganta quedará como uno de los grandes momentos de la historia de Mad Cool. Insistió durante varias fases en que celebraban 31 años de carrera discográfica y por ello tocarían canciones de todas sus épocas. Sumaron casi 30, con todos los himnos por delante: These days, Times Like These, This Is Call, Big Me (esta dos últimas del primer álbum, de 1995), Best of You o My Hero, donde paró la música y dejó que el público la cantara. Dedicó No Son of Mine a Motörhead y la fundió con Ace Of Spades, de la banda de Lemmy. Y dato curioso, no les apeteció detenerse en su último disco, el irregular Your Favorite Toy, editado hace solo tres meses. Fue divertido el espacio que dedicó a que se luciera la banda. Grohl presentó a cada miembro, y estos interpretaron temas de grupos por los que pasaron antes de recalar en los Fighters. Así sonaron piezas de Sunny Day Real Estate (exbanda del bajista, Nate Mendel), los Germs (donde guitarreó Pat Smear) e incluso One Headlight, de los Wallflowers, la banda del hijo de Bob Dylan, Jakob, donde también estuvo el teclista de Foo Fighters, Rami Jaffee. Cuando le tocó el turno al batería, un espectacular Ilan Rubin, este dejó su posición y se puso al micrófono principal; entonces, Grohl cogió las baquetas y se colocó en el lugar donde comenzó toda su historia, en Nirvana.Hubo momentos de calma, que casi se agradecieron con tanta tralla, como la interpretación de Wheels o Aurora, esta última dedicada Taylor Hawkins, recordado batería de los Fighters, que falleció en 2022.Terminaron con una exultante versión de Everlong. Acompañó a su despedida mientras saludaban un acople de guitarra, como solían finalizar los conciertos Nirvana. Antes de la adrenalínica actuación de Foo Fighters se pasó por el escenario principal Wolf Alice, un grupo londinense con la agradable costumbre de diversificar su concepción del pop-rock. Pueden tocar rock experimental, como esa apertura de Bloom Baby Bloom; pop guitarrero; punk o también se defienden perfectamente en el soul blanco. “Hace mucho calor”, dijo su cantante, Ellie Rowsell, después de la primera pieza. A las 20.30 todavía atizaba el sol en Villaverde. Ella fue la reina en el escenario, con una voz potente y versátil. Disfrutable también el recital de The War of Drugs, con esas canciones tipo Springsteen etapa Born In the U.S.A. con tendencia a estirarlas con partes instrumentales. Solvente rock americano de vaqueros y melena. El líder del grupo de Filadelfia, Adam Granduciel, ejecutó un par de solos sensacionales con su preciosa guitarra Gretsch blanca y dorada.La sorpresa de la primera jornada corrió a cargo de Arde Bogotá, que se presentó en uno de los escenarios bajo el nombre de Bigger Splash, el título de su nuevo sencillo. También actuó el bueno de Moby, pero como quiera que coincidió con Foo Fighters y el don de la ubicuidad no se ha inventado, tuvimos que sacrificarlo, porque el rey de la noche se llamó David Grohl, un hombre que vive en un maravilloso mundo aparte donde todavía los rockeros mandan.