Actualizado Viernes,

julio

23:43El destino suele escribir las peores tragedias con renglones torcidos. Sin piedad y sin contemplaciones. Un d�a est�s tan tranquilo en mitad del campo, en el Levante de Almer�a, dentro de un paisaje en el que, seg�n el imaginario espa�ol, se tiende a creer que nunca pasa nada (el pueblo situado en la zona cero de la cat�strofe tiene poco m�s de tres mil habitantes), igual que en Fargo, la pel�cula de los hermanos Cohen, pero sin nieve, y de repente un fuego s�bito y abrasador aparece a las puertas de tu casa para llevarte al infierno.M�s de una decena de muertos -y subiendo- y una veintena larga de desaparecidos, todav�a no se sabe si para siempre o no, es el saldo de urgencia del pavoroso incendio que ha arrasado Los Gallardos y parte de su comarca, el m�s destructivo del que se tiene memoria en Andaluc�a. Una tragedia may�scula en un escenario min�sculo que revela la asombrosa facilidad con la que las calamidades, entre ellas el abandono de la Andaluc�a vac�a, donde la ausencia de ganader�a deja mansamente que el campo se asilvestre y se transforme en una tea ardiente, prevalecen frente a cualquier plan de emergencia.Un cable el�ctrico que cae al suelo y calcina, igual que el dedo del Dios hebreo en el monte Sina�, una zona de matorrales bajos, secos y olvidados. El viento lo extiende, en r�fagas sucesivas, con una furia b�blica y desconocida. As� termina desat�ndose el Armaged�n. La mayor�a de las v�ctimas son extranjeros -belgas y brit�nicos- que viv�an en casas de labranza adaptadas para el turismo rural.No se sabe a�n si conoc�an bien la zona o acaso optaron por escapar en grupo, por sus propios medios y eligiendo una v�a de evacuaci�n nefasta, pero las im�genes de la cat�strofe -veh�culos calcinados en las cunetas con pasajeros muertos, ahogados o abrasados, cad�veres de caminantes desesperados por la intensidad de las brasas- sobre un fondo de monte devastado y color ceniza alumbran la hip�tesis de una muerte ciertamente terrible, an�loga a la que vieran hace siglos los habitantes de Sodoma o Gomorra o los vecinos de Pompeya tras la erupci�n de un Vesubio, esta vez sin boca, hecho de matorrales bajos y barrancos inaccesibles, una autopista monta�osa y f�rtil para el avance sin misericordia de las llamas.La muerte aparece siempre donde menos se espera porque el Levante de Almer�a, que no es ni de lejos la zona m�s seca de la provincia, no es exactamente un desierto, sino un �rea geogr�fica de transici�n entre las discretas sierras penib�ticas y las vegas de dos r�os -el Turre y el Jauto- que hist�ricamente hab�a vivido de la miner�a y, tras elfracaso de la temprana e incipiente industria meridional, en el siglo XIX, se hab�a reconvertido en una zona agr�cola, aunque con baja densidad de poblaci�n hasta mediados de los a�os noventa, cuando comienzan a llegar residentes for�neos, muchos de ellos brit�nicos jubilados que, acaso emulando con d�cadas de distancia la odisea de Gerald Brenan en las Apujarras de Granada, se hab�an ido instalando pl�cidamente en la comarca.En los tiempos de Brenan -hablamos de la Espa�a de principios de los a�os veinte de la pasada centuria- en el Oriente de Andaluc�a todav�a se limpiaban los montes y los campos trenzados de matorral. Ya no se hace. El agro meridional, que en la zona que ha sido calcinada es generoso en escarpes, barrancos y viviendas desperdigadas sobre la nada, vulnerables al fuego y con vistas naturales, tiene due�os registrales, pero nadie se ocupa desde hace lustros de mantenerlo. La conservaci�n de los montes requiere dinero y no produce -a corto plazo- beneficios materiales. La seguridad no cotiza en bolsa. De forma que nadie hace nada porque en estos sitios -se cree- es poco probable que suceda una tragedia.Hasta que ocurre. Y esta vez parece haber sido concebida por el guionista de una pel�cula de terror. Muchas de las v�ctimas eligieron huir a trav�s de caminos sin salida cierta, probablemente colapsados por otros muchos afectados que pensaron exactamente lo mismo, y se toparon con un fuego desatado y monta�as negras de humo t�xico. El campo no tiene puertas pero, cuando es presa del fuego, puede ser una trampa mortal y hacer que lo que parec�a un para�so natural se torne en uno de los c�rculos del infierno de Dante.Carlos M�rmol es escritor y periodista