Actualizado 08/07/2026 - 13:20h.

El otro día, por motivos que no vienen al caso, viajé en Renfe Confort. Llegué a Chamartín expectante, y allí me encontré con que había desaparecido el cartel de 'disculpen las mejoras', así que todo iba bien: el transporte, el país, el progreso. Pensaba, de ... camino al vagón, qué sería aquello del confort, a dónde me llevaría el adjetivo, si el mundo era realismo mágico o decimonónico, si era poesía; fantaseaba con cojines mullidos, pantallas grandes, silencio, tal vez algo de champán, yo que sé, a veces hay champán en esta vida, y así avanzaba hacia mi destino, kilómetro tras kilómetro, hasta llegar al último vagón del andén, que sin duda debía ser el primero, el vagón confort, el vagón fetén, que estaba allá por Alcobendas. El tren iba a Pontevedra, lo que sin duda me daría tiempo a probar todas las 'comodities' del confort: era un viaje de tres horas y media, la duración perfecta, suficiente para leer, echarte una siesta y merendar; menos de tres horas es demasiado poco, vida agitada, sin pausa. Todas las ilusiones se desvanecieron en cuanto me subí al vagón y descubrí que aquello era lo de siempre, solo que repintado: los asientos eran igual de incómodos, pero del gris habían mutado a un color más claro, cercano al dorado, algo así como un patrón oro. También habían ampliado un poco el espacio entre asientos, pero a mí me daba igual, porque yo no soy jugador de baloncesto. En la bandeja me cabía el iPad, pero no la merienda…