Actualizado a las 18:59h.

Son las diez de la mañana. En el vestíbulo de la estación de Chamartín se agolpan los viajeros. Para llegar hasta aquí es preciso atravesar cinco o seis andamios desde donde los operarios taladran hasta formar una nube de yeso y polvo. El buen tiempo ... ha comenzado y se nota. El corredor Madrid–Valencia concentra aproximadamente el 96 por ciento de los pasajeros. Trenes de Renfe, Ouigo e Iryo dan servicio a cerca de 12.000 viajeros que deambulan a diario por instalaciones a medio hacer. A esa misma hora, a las diez de la mañana –aunque también a las seis, las siete, las ocho o las nueve, el horario de quienes viajan por trabajo–, en la terminal 4 de Barajas se agolpan por centenas los más de 200.000 pasajeros que diariamente usan sus instalaciones. En ocasiones, sobre todo en las terminales 1 y 2, un aire estropeado –deterioro, suciedad, falta de mantenimiento– convierte la espera en martirio. A más de uno le habrá ocurrido, quizá, presenciar cómo una columna gruesa de agua cae sin explicación desde el techo con el que Richard Rogers se ganó el Stirling Prize en 2006 o, por qué no, experimentar esa sensación de tropiezo y sofoco en los pasillos de una infraestructura a la que falta mantenimiento. Imagine a esa misma hora, las diez, las once o las doce de la mañana –ya ni hablar de las seis, las siete o las ocho de la mañana– en Atocha. Visualícese intentando bajar de un taxi por la entrada de Carlos V, véase a sí mismo deambular por una marquesina desmantelada. Si a eso añadimos un viaje de cuatro horas con limitaciones de velocidad, en trenes cuyos váteres están rotos, inmundos, con papeleras rebosantes de desperdicios, el paisaje torna deprimente. Todo está a medio hacer o medio demoler, incompleto, en trance de ocurrir. La inversión pública española en infraestructuras ha pasado de 5.400 millones de euros entre 2018 y 2020 a 13.000 millones en 2024 gracias a los fondos europeos de recuperación. El resultado, sin embargo, es contradictorio: el usuario ve vallas, demoliciones parciales y espacios provisionales. Desde hace ocho años, tres ministros distintos de Fomento, uno de ellos encarcelado por corrupción, José Luis Ábalos, han ejecutado una gestión con una combinación de infraestructuras envejecidas, crecimiento muy fuerte de la demanda y decisiones acumuladas. Si la recaudación es cada vez más agresiva, por qué esta sensación de carcoma que todo lo devora, como si el Estado resintiera el deterioro cotidiano. Las cosas han dejado de funcionar. Y se nota. La corrupción y la falta de gestión van de la mano. Son el síntoma más evidente de un colapso más profundo. La forma perfecta de no llegar a ninguna parte. Lo siguiente es el retroceso. La marcha atrás.