La vida es un tren en marcha. Aunque nos apeemos, él va y viene. El turismo ya no hace viajeros, pero sí el tren de cercanías. Partimos el sábado por la tarde de Barcelona en el que se dirige a Maçanet. Hace calor en el andén y algunos se abanican. El tren llega puntual y la gente se agolpa ante la puerta. Diviso un sitio libre al fondo del vagón, donde una chica extranjera con los pies en el asiento de delante tiene el móvil con la música alta. Para mí es ruido y huyo­.Pero ya no veo donde sentarme. En el extremo un muchacho se levanta para seguir a otro y cruzan la puerta hacia el vagón siguiente. Me apresuro y tomo ese asiento de espaldas a la ventanilla, de modo que veo la de enfrente. Tengo mi mochila en el regazo, el periódico encima, el sombrero en una mano y el abanico en la otra. Quiero leer, pero no tengo manos para sacar el libro. Ante mí, de pie, una mujer de unos cincuenta años consulta su teléfono. Quisiera cederle mi puesto, pero ella no sabe lo de mi pierna­. LVEl tren ha dejado la ciudad atrás. Veo el mar encuadrado en la ventana de enfrente como una película. A mi izquierda una joven latina mueve a su bebé sin parar arriba y abajo sobre su falda para distraerlo. El niño quiere agarrar mi sombrero. Su madre se lo impide. Mientras, he conseguido abrir el libro, Roberto Calasso, Bobi, al precio de renunciar a abanicarme. Ahora ella sienta al niño en sus rodillas y le da el biberón. El crío me mira satisfecho con los ojos entornados.Veo el mar encuadrado en la ventana de enfrente como una películaDios mío, como mi vecina vuelva a moverlo tanto, el crío me vomitará encima. Levanto la vista y otra vez el mar en el marco de la ventana. Sentado ante mí, un hombre con auriculares y las piernas peludas hace como que toca la batería. A mi derecha, de espaldas, dos mujeres ojean una revista del corazón y hablan de doña Leonor. Sigo leyendo, hasta que en Badalona sube un fornido mulato que planta un altavoz en la plataforma y canta a grito pelado “Me sube la bilirrubina”. Al final pide “que por lo menos un aplausito”. Le aplauden y él se va a otro coche.En Ocata se apea la mujer del bebé y suben un par de chicas con aspecto de estudiantes. Miro el mar; qué maravilla este tren que resigue la playa. Muchos se bajarán en Mataró. La señora de pie ha podido ya sentarse. Yo apuro mi lectura. En Llavaneres me recibe al salir una bocanada de aire de mar en la cara. Una mujer con velo y vestido largo está en la arena atenta a sus hijos, que corren y ríen. Todo pasa y todo queda; el mar es lo que continua. Marta me espera en el coche­.