Es una escena que hemos visto miles de veces en pantallas grandes y pequeñas. Alguien se marcha en tren –¿hay un medio de transporte más cinematográfico que el tren?– y otro alguien se queda en el andén; una lágrima asoma en los ojos de ambos. La película suele acaba ahí, pero como nuestras vidas no obedecen a un guion ni a un montaje, allí donde terminan las imágenes continúa nuestro día a día. Y, las personas que nos marchamos en un momento dado con mayor o menor dramatismo de nuestros lugares de origen, ese día a día los pasamos con el corazón dividido.PublicidadRecuerdo muy bien aquel primer adiós en la estación de Albacete, parapetado tras una maleta gigante que me habían comprado para pasar mis primeros meses en la universidad. Eran tantas las ganas que tenía de comenzar esa etapa que me cuesta aceptar que, aunque fuera de la manera más cómoda y más decidida, estaba emigrando. Creo que uno no toma conciencia de que se ha marchado de verdad hasta mucho después, cuando se reducen a recuerdo lejano aquellas visitas a la familia que eran sobre todo para un acceso a ropa limpia y táperes llenos.Yo pensaba que, acumulando despedida tras despedida en esas estaciones de provincias donde los habituales sabemos dónde están los enchufes y qué baño suele estar más limpio, cada vez costaba menos atravesar el adiós. Y es que durante mucho tiempo ha sido así: nos seguíamos marchando con ilusión y nuestra familia se quedaba conforme, porque veía que nos íbamos desenvolviendo en nuestra lejana vida, que nos hacíamos un hueco en la ciudad de destino (casi siempre son ciudades). Quienes nos fuimos íbamos creciendo, y quienes se quedaban se conformaban con comprobarlo desde la distancia.Pero los que se quedaban también iban sumando experiencias, tiempo, años; iban envejeciendo. Con nuestra rutina más que asentada, los de fuera dejamos de ser el observado y pasamos a estudiar cómo cambiaban los que quedaban. Cómo cada vez que los visitábamos iban pudiendo hacer un poco menos lo que siempre habían podido hacer. Cómo la tele estaba cada vez más alta, los rincones de la cocina menos limpios, la balda de los medicamentos más llena. Y las visitas se fueron transformando, hasta que un día fuimos nosotros los dejábamos la ropa lavada y la comida hecha antes de volver al lugar que habíamos escogido.Y en la consabida despedida de la estación ya no podemos quitarnos de la cabeza lo que nos dejamos y a los que nos dejamos. En algún momento se presenta la culpa, una compañera de vagón que al principio esquivábamos pero que iba invadiendo nuestro espacio con cada visita. Como el más maleducado de los viajeros que te pueden tocar al lado, nos confronta, nos acribilla a preguntas –¿seguro que se quedan bien? ¿A quién van a acudir se les pasa algo? ¿Cuándo ocurrirá esa llamada que tanto temes?– y, si no sabemos contenerla, nos aplasta.PublicidadNi me imagino la angustia de quienes tienen a sus padres o a otros familiares envejeciendo a un continente de distancia, si los que nos podemos apañar más o menos con Renfe ya vivimos escindidos. En un momento histórico en el que la migración humana está en el punto de mira de tanta gente enfadada, es un buen momento para entender hasta qué punto abandonar el lugar donde uno ha crecido –aunque sea por voluntad propia y feliz– marca el curso de una vida.Es algo que vamos comprobando a tiempo real los que ya llevamos igual o mayor tiempo fuera del que pasamos en la casilla de salida, y por lo tanto ya no somos ni de aquí ni de allá. Ni siquiera si hacemos caso al refranero, y consideramos que uno no es de donde nace sino de donde pace, logramos olvidarnos de que en aquellos prados primeros siguen paciendo quienes nos enseñaron a distinguir el buen alimento de la mala hierba, o aquellos que les están mostrando eso mismo a nuevas criaturas sin que seamos testigos diarios de su aprendizaje.Seguro que algún filósofo de la cultura clásica explicó mejor que yo esta sensación a medio camino, este andar arrastrando la mitad arrancada de nuestras raíces. Yo acabo ya estas líneas para llamar a mis padres, preguntarles qué tal están y recordarles que nos vemos pronto; mientras concluyo que llamar a esto desarraigo es solo una manera de camuflar con más letras la palabra desgarro.