El mundo, si se mira bien, está hecho de dos sustancias: la historia irrepetible y la cifra
En La conversación, esa extraordinaria película de Coppola, una pareja pasea por un parque cuando ella se detiene frente a un mendigo tirado en un banco y dice que cada vez que ve a alguien así no puede evitar pensar que fue un niño querido, alguien al que sus padres abrazaron, alguien que tuvo un lugar en el mundo. “Dónde están ahora sus padres, dónde está su familia”, se pregunta. A lo que el hombre responde que durante una huelga de prensa, en Nueva York, murieron de frío de...
cenas de mendigos que solían cubrirse con periódicos. Pero lo dice como a efectos estadísticos.
A mí esa escena me rompe el alma, como si me obligara a elegir entre dos modos de estar en el mundo: el de la mujer, que rescata al mendigo del presente y lo devuelve a su pasado, donde alguien lo quiso, y el del hombre, que lo arranca de su biografía y lo introduce en una cifra. Yo oscilo entre ambas posiciones con una facilidad que me incomoda. Hay días en los que me descubro mirando a un desconocido con la piedad activa de la mujer. Intento imaginar su infancia, su nombre, la manera en que su madre lo llamaba para cenar. Y hay otros en los que, sin darme cuenta, lo reduzco a una categoría, a una palabra, a un recuento que cabría en una línea de periódico.






