La escena acaba ahí o no, con hombres y mujeres de unas cuantas nacionalidades unidos por el coraje, la rabia y deseosos de despojarse de la impotencia
Sucedió más o menos así. Es noche cerrada y, aunque estemos hablando de una secuencia, una casi es capaz de sentir la humedad traspasando la pantalla del televisor. Apenas se distinguen bultos que son mercancía de los otros bultos, que son seres humanos. Y de repente, todo ocurre de forma muy rápida. En apenas décimas de segundo se escucha un golpe, un sonido metálico, una especie de portazo, e inmediatamente después un grito seco. El grito que te sale cuando lo que tienes es miedo, incertidumbre, cuando quieres advertir de algo, cuando no sabes lo que pasará después y si podrás contarlo. Por la esquina derecha aparece entonces un hombre vestido con uniforme, con armas tan metálicas como ese...
portazo anterior.
Esa escena acaba ahí en mi pantalla, como acaba el viaje de los miembros de la flotilla que han intentado llevar algo de ayuda humanitaria a Gaza, un objetivo tan insuficiente y al mismo tiempo tan noble y simbólico, sacudidor de nuestras acomodadas conciencias.
La escena acaba ahí o no, con hombres y mujeres de unas cuantas nacionalidades unidos por el coraje, la rabia y deseosos de despojarse de la impotencia. Van con chalecos salvavidas y ponen las manos en alto sin pistolas y sin violencia cuando el ejército israelí irrumpe a bordo para detenerlos.






