Lo que queda tras la rabia que están sembrando los partidos ultraderechistas es la nada
Primera escena: se alarga una sobremesa. De esas en las que juegas con las migas del pan que sobró y cuentas las manchas de vino tinto en el mantel. De vez en cuando, oyes el tintineo de una copa. Y en algún momento, alguien saca el tema. Sea quien sea. Y como quien da un golpe sobre la mesa, alguna voz dice: “Pues que ganen cuanto antes, y así antes se irán”. ...
Hay muchas versiones de esta escena. El hastío ante el oportunismo político de los líderes que enarbolan el miedo a la ultraderecha para hacerse hueco se hace palpable. También la incomodidad ante algunos discursos en el Congreso del tipo “estás conmigo o estás contra mí”, aquello que muchos llaman polarización.
Aun así, en los últimos meses escucho y leo a gente culta y con experiencia discutir sobre la posible llegada de la extrema derecha al Gobierno de nuestro país con cierto pragmatismo que me resulta desconcertante. Y su inevitabilidad, pasmosa.
Mientras sucede todo esto y las cosas parecen mirarse desde una privilegiada distancia, el voto entre los más jóvenes se consolida para la ultraderecha, y ronda el 25%.






