El partido se verá pronto eviscerado por una ultraderecha envalentonada que impone su señalamiento al diferente
Una foto de España hoy: al subir a un tren, un AVE que viaja al Mediterráneo, ocurre algo peor que los retrasos y cancelaciones. Es temprano, y un grupo de jóvenes envalentonados irrumpe a gritos contra la izquierda. “Ya sabéis: tiempo de rojos, tiempo de piojos”, uno levanta la voz sobre los demás, que ríen los comentarios más ultras. Van con su profesora, que reprende a un viajero que se atreve a replicar: “Déjennos dormir, que no se ven piojos por aquí”. Su comentario le parece impropio a la adulta, que defiende a su manada frente al sentido común. Los chicos se callan, y el tema no pasa a mayores, pero el aire de este tiempo voraz con el adversario queda flotando en el vagón.
La alfombra roja está echada para los intolerantes, los que consideran su pensamiento el único aceptable y los que avanzan con el único pegamento de brutalizar “a los rojos”, como también a inmigrantes, feministas o a ladrones multirreincidentes de móviles, unos mataos, aunque no a los comisionistas defraudadores si son de los suyos.
Que no nos engañen. Señalar es su objetivo y disparar (socialmente) lo siguiente.






