Están ahí, en cada capital del mundo, en cada local, pero nadie parece verlas. Escondidas en un reducto profesional de infinita ambigüedad, en el que solo se intuyen irregularidades, soledades, vulnerabilidades y fatigas. Son las mujeres chinas de los infinitos locales de masaje que pueblan Occidente. Nadie sabe nada sobre ellas. ¿Quiénes son, de dónde vienen, adónde van? ¿Son profesionales, son esclavas, tienen alternativas, se ríen, lloran, disfrutan, sufren? ¿Alguien las ha visto fuera de sus locales?

Constance Tsang, cineasta novel, estadounidense de origen chino, de 34 años, creció en Queens, en Nueva York. Y allí ha ambientado su excelente ópera prima: Blue Sun Palace. Ahora bien, da igual que esté localizada en Nueva York, en Roma o en Londres. Es Flushing, su barrio neoyorquino, pero podría ser el madrileño Bravo Murillo. La ciudad nunca se ve. No hay un aliento exterior, solo un mundo interior: en todos los sentidos. En una decisión admirable, las calles son invisibles para el espectador, como una metáfora de las vidas de sus criaturas, agarradas a un trabajo no se sabe si querido o forzado, pero que ejecutan con mimo. En la película, con una particularidad: “Aquí no hacemos esas cosas”, dice una de ellas ante la petición de un cliente. En principio, no es un local para el sexo de pago, para la culminación del masaje con el llamado final feliz: ese concepto amargo que quizá contente a ambos durante un rato. El triste final de un final feliz.