Cécile, la protagonista y narradora de Buenos días, tristeza (una novela de Françoise Sagan publicada en 1954 y adaptada al cine en dos ocasiones), confiesa a los lectores que, mucho tiempo después de que aquel verano durante el que se desarrolla la trama hubiera terminado, seguía conservando como talismán “una preciosa concha” recogida del fondo del mar: “No sé por qué no la he perdido, yo, que lo pierdo todo. Hoy la tengo en la mano, rosada y tibia, y me entran ganas de llorar”. El verano ficticio de Cécile junto a su padre fue trágico en varios sentidos, pero, para cualquiera, los recuerdos de un verano reciente —especialmente si todo ha ido bien— son también una puerta abierta a la melancolía. Además, mucho antes de que nos quedemos paralizados ante las reminiscencias de una concha, una pelota de playa o cualquier otro souvenir, las primeras señales del final del verano dan paso a un momento delicado que es el único de todo el año durante el que sentirse mal está universalmente aceptado.

Si, según ese mito construido a base de viejas tradiciones, fiestas populares, anuncios de cerveza e, incluso, perfumes y crema solar, el verano es un tiempo excepcional durante el que casi todo se relaja y nos pueden suceder cosas insólitas, su final es, entonces, una puerta que se cierra. Las hojas comienzan a caer, el viento refresca y sobre el mar, que fue amable hasta hace un par de días, se forman las primeras tormentas. De acuerdo con el tópico, casi nadie se alegra ante estos indicios, aunque ahora que el veraneo ya no es un fenómeno tan universal y, de hecho, el disfrute de algunos implica la precariedad de otros (como demuestran las protestas contra el turismo de masas), en algunos territorios pueden suponer un alivio.