Ninguna novela, por genial que sea su autor, se escribe solo con la cabeza. Lo decía Virginia Woolf: no se puede pensar bien si no se ha cenado bien. Espacio mental, sí, pero también espacio físico, un sitio donde caerse muerto y también un sitio donde ponerse en pie. Estos días, una de las novelas más elogiadas del mundo y, podría decirse, una de las más geniales, Cien años de soledad, cumple 58 años. Algo sabía Gabriel García Márquez de caerse muerto y ponerse en pie a duras penas. Cuando terminaba la escritura del manuscrito, la casa en la que vivía con su esposa y sus hijos recibió una llamada. Descolgó ella. Mercedes Barcha tapó con la mano el auricular del teléfono y le susurró a su marido: “¿Cuánto te falta para terminar la novela?”. Él respondió: “Seis meses”. Al otro lado del aparato, su casero la oyó decirle que, además de los tres meses de alquiler que le debían, necesitaban que les fiara seis meses más. “¿Y al séptimo me pagan? ¿Tengo su palabra?”.
El resto es historia. García Márquez hizo su parte para que Barcha pudiera cumplir su palabra, e hizo algo más, parió una novela que supuso el fin del abismo abierto entre pensar y cenar, entre el espacio mental y el espacio físico. Se acabó el pasar hambre para escribir y se acabó el sacrificar la escritura para alimentar a los hijos. Cien años de soledad se publicó en 1967, en una primera tirada de 8.000 ejemplares que se agotaron en un mes, y otras siete ediciones en solo el primer año. Casi 60 años después, se han vendido más de 50 millones de ejemplares en todo el mundo.






