La escritora suiza ofrece en ‘Lanza tu pan’ un soberbio ejercicio de literatura introspectiva: una mujer navega mentalmente entre el fracaso de sus relaciones, la pérdida de la juventud y la frustración de sus impulsos artísticos
Hace algunos años expresé mi admiración por La paz de las colmenas, un libro de Alice Rivaz, autora cívicamente importante por su mirada sobre la realidad y su exigencia estética a la hora de representarla. Hoy me vuelvo a quitar el sombrero ante Lanza tu pan, un soberbio ejercicio introspectivo con voz de mujer que, si no llega a un amplísimo espacio de recepción, será porque vivimos dentro de la aplastan...
te nube tóxica de los gatitos de Instagram y otros azúcares igual de venenosos. El otro día en la televisión vi a un señor, que había escrito una novela sobre Jesucristo y decía que estaba muy contento porque, aunque la gente se sabía el final, el libro estaba gustando mucho. Así estamos.
En Lanza tu pan una voz transita entre la segunda y la tercera persona, roza la primera, se coloca en el trance del cerebro insomne de Christine Grave, que navega entre el fracaso de sus relaciones sentimentales, la pérdida de la juventud y la frustración de sus impulsos artísticos. El cuidado de la madre ocupa la posición central de la propia vida madura. El tiempo se les acaba a las dos y las mimetiza convirtiéndolas en la misma mujer. Alice Rivaz escribe, incisiva y tiernamente, sobre una hija única que, como cuidadora, se encuentra incapacitada para las tareas domésticas por la sobreprotección de una madre que, además, no se deja cuidar; escribe sobre una mujer condenada a la inmadurez por un vínculo maternofilial absorbente —“Christine me lo cuenta todo”—, y por el vampirismo afectivo o el lugar secundario —no son incompatibles— al que ha sido relegada en sus relaciones con hombres 20 años mayores que ella, hombres casados, hombres “amigos”; escribe sobre los amores difíciles que nos obsesionan en contrapunto con la prefiguración de la propia decadencia intuida en el desmoronamiento corporal de la madre. No en la ausencia mental, en el olvido o en el decaimiento espiritual. En el desmoronamiento físico. El borde de la parálisis. Con estas dos fibras, la erótica y la tanática, Rivaz fabrica minuciosamente el tejido de la sexualidad y la sentimentalidad de una Niña Buena que se cree malísima y, quizá, es un pedazo de pan.






