De ‘Pájaros en la boca’ a ‘El buen mal’, la escritora argentina ha levantado una de las obras más singulares y turbias de la literatura en español. En una entrevista en Berlín, donde vive desde 2012, repasa su trayectoria y reflexiona sobre un presente intoxicado en el que lo anómalo amenaza con volverse normal

Solemos terminar sus libros con el cuerpo alterado y un veneno amargo en la garganta. Salimos de cada obra de Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) medio intoxicados, como si hubiéramos respirado durante horas un aire enrarecido. Desde los cuentos de Pájaros en la boca y Siete casas vacías hasta el relato familiar de Distancia de rescate y la parábola tecnológica de Kentukis, la autora ha levantado una de las obras más singulares de la literatura en español, volcada en explorar la extrañeza que...

reside en la supuesta normalidad, en nuestros vínculos y en nuestros cuerpos.

Su último libro, El buen mal (Seix Barral), arranca con el relato de una madre que se ata un yunque al cuerpo, se lanza al lago y, tras fracasar en el intento de suicidarse, vuelve a casa para preparar la cena. En el epígrafe se encuentra esta frase de Silvina Ocampo, colocada a modo de advertencia: “Lo raro siempre es más cierto”. Le hemos propuesto recorrer su trayectoria y Schweblin ha dicho que sí. Nos recibe en Berlín, donde vive desde 2012, en un bar de su barrio, en el extremo oriental de Kreuzberg y junto al río Spree, por donde suelen pasar las manifestaciones neonazis.