La autora argentina, premiada por ‘El buen mal’, explora en sus relatos breves la extrañeza de la vida cotidiana y pone en duda a la familia como espacio seguro y benigno

Al margen de sus dos incursiones en la novela, Distancia de rescate (2014) y Kentukis (2018), Samanta Schweblin es, ante todo, una magistral cuentista, influida por el fantástico rioplatense de Adolfo Bioy Casares y Julio Cortázar, pero también por la tradición del realismo sucio estadounidense, de Raymond Carver a Amy Hempel. La escritora argentina de 48 años,

errer" title="https://elpais.com/cultura/2026-04-08/samanta-schweblin-gana-el-millon-de-euros-del-premio-aena-de-narrativa.html" data-link-track-dtm="">ganadora del primer premio Aena de Narrativa Hispanoamericana con su libro de relatos El buen mal, publicado a comienzos de 2025, lo reivindicó al recoger el galardón este miércoles, cuando celebró que se reconociera a una autora de cuentos en un ecosistema que suele reservar sus mayores honores a la novela. “Los que escribimos cuentos corremos medio cojos”, dijo Schweblin en Barcelona, a la vez que agradecía que el premio distinguiera “la excepción” y no la regla.

Con los años, los relatos de Schweblin se han ido volviendo más largos, como deja patente El buen mal. La autora asegura que en este libro ha logrado bajar el “volumen de ansiedad” a la hora de escribir, que solía llevarla a privilegiar lo escueto. “Hay algo del cuentista que es naturalmente ansioso”, nos contaba a mediados de marzo, durante una entrevista en Berlín. “¿Por qué perder el tiempo en 250 páginas si puedo contar esta historia en 20?”. Para Schweblin, además, el relato breve tiene una potencia específica frente a la novela. “El cuento trae consigo una suerte de portal. Uno se encuentra en su salón y un segundo después está en un parque en París o en la montaña en el sur de Argentina. El cuento puede dejarnos patas arriba dentro de la misma realidad en la que estábamos hace cinco minutos. En el cuentista hay un deseo de acompañar al lector en ese shock”.