La escritora se confirma como una narradora singularísima con su segunda novela, una historia de amor construida sobre el fondo de las ansiedades de la fama

Intimidades diseccionadas compasivamente, toxicidades que empeoran y desbarrancan, exploraciones armadas en un puzle intrigante pero transparente y una voz de narradora singularísima: tiene la distancia de estilo que identificaba a esa impactante primera novela que fue Mira a esa chica, aunque aquí hay algo más, un requiebro de libertad o una forma de la expansión donde late ...

la ironía, una leve gasa de parodia de sí misma y sus decisiones de autora, como si sintiese la tentación de comentar lo que cuenta sin asomo de los modos del XIX narrativo —impertinente, sermoneador, ejemplarizante— pero sí con ganas de comparecer para subrayar a veces el dolor del azar, a veces el capricho de la tontería, a veces la insensatez de la conducta de personajes que amasan sus pequeñas o grandes tragedias durante unos cuantos años de cruces y descruces vitales.

Ignoro si Cristina Araújo ha leído a Sally Rooney pero hay algo de sintonía narrativa con esas investigaciones inmersivas en los pliegues íntimos, las indecisiones, los errores garrafales y la impotencia, la impotencia de ser de otro modo, saberlo y no saber salir del enredo. Es una novela de dos, Theo y Frances, Frances y Theo, rodeados de algunos más que a veces tienen su propio peso y muy en particular el hermano de ella y la madre y la incursión que propicia en la eutanasia como liberación, o incluso en el “suicidio asistido”, que no es exactamente lo mismo. Pero manda sobre todo el sondeo en ellos dos y sus desencuentros y reencuentros mientras uno estudia sus cosas humanísticas, tontea con una tesis doctoral, descarta otra y afina una vocación literaria que parece posible al final o incluso ya consumada (¿otra autoironía con el género cambiado?) y la otra, ella, la deslumbrante Frances, se consagra como estrella de una serie de éxito mundial sin saber escapar a sus ansiedades ni a su egoísmo ni a sus impulsos de protección humana, humanísima, en brazos de algunos hombres mayores, demasiado mayores, o demasiado indecisos, o inseguros, o tan lúcidos e indecisos e inseguros como el propio Theo: “Lo que Theo quería —es más, lo que Theo anhelaba— era el arrebato triunfal, el desbordamiento, el cliché (…). Porque Theo, este Theo que conocemos, que no era dado a consultas irreflexivas, apreciaba íntimamente también todo concepto de lo infinito, todo lo que fuese sobredimensionado y poético y exaltado y un desvarío, y que leía en los libros, y a lo que nunca daba salida porque le bastaba con restringirlo a la circunspección de su mente”.