El escritor vuelve a mezclar realidad y ficción en su nueva novela, ‘Islandia’, en la que convierte en literatura la experiencia de su divorcio de la escritora Ana Merino

Al noroeste de Madrid la ciudad sufre una arritmia urbanística. En medio de un barrio de toda la vida han surgido dos rascacielos, imponentes y modernos, desde cuya azotea se divisa cómo Madrid se va apagando hacia la A-6: la Dehesa de la Villa, Pozuelo, el Valle de los Caídos, Guadarrama. Son dos edificios modernísimos, de esos en los que los ascensores no tienen botones: pulsas en una tableta de la planta baja el piso al que quieres subir y ya te llevan solos. A la parte más alta se acaba de mudar un escritor, y si su piso parece de soltero es porque la forma encaja con el fondo: el escritor que vive en él se ha quedado soltero hace poco,

ndia-de-manuel-vilas-la-ruptura-matrimonial-de-un-hombre-espanol-triste-y-cursi.html" target="_blank" rel="noreferrer" title="https://elpais.com/babelia/2026-02-18/islandia-de-manuel-vilas-la-ruptura-matrimonial-de-un-hombre-espanol-triste-y-cursi.html" data-link-track-dtm="">y sobre la ruptura de su matrimonio trata su última novela, Islandia (Destino).

“Tengo que aprender a vivir solo de nuevo”, cuenta Manuel Vilas (Barbastro, 63 años), que ordena la mesa del salón y enseña orgulloso su despacho: es una de las esquinas del edificio, con enormes ventanales al frente y a la derecha desde donde se ve la ciudad. “Si no escribes una buena novela con estas vistas, estás perdido como escritor”, ríe. Como en Ordesa, como en Alegría (finalista del Premio Planeta), Vilas vuelve a explorar la realidad a través de la ficción, en este caso el divorcio de su mujer, que en el libro se llama Ada. En la vida real se llama Ana (Merino, también escritora) y en el tenso hilo que une realidad y ficción se desarrolla la trama.