El galardón mejor dotado de las letras españolas premia una novela sentimental que es vulgar y previsible, con personajes planos, reflexiones banales y escenas de sexo creíbles

El ampuloso autorretrato melodramático que abre el libro –“Soy lo que escribo. A escribir le debo todo lo que soy”- prefigura un problema literario de tres pares de narices porque si este hombre es lo que ha escrito en esta novela, quizá mejor que no abandone jamás las populosas tertulias televisivas: la insipidez de su prosa es pavorosa. ...

¿Es absolutamente obligatorio que tantos premios Planetas sean naderías tan planas, tan previsibles, tan vulgarísimas? Leer algunas de esas novelas —Sonsoles Ónega, Juan del Val— duele en el hígado por la falta de miramientos y hasta una especie de cinismo de escritura, de dejadez deliberada para ganar unas cuantas decenas más de compradores, supongo (y la felicidad de un jurado entregado a la causa): “Vera percibe que este hombre es una especie de fuerza que le impulsa a acercar la mano al fuego” y, como en seguida se verá, a más cosas además del fuego. Además de soporífera, la alineación completa de enredos prefabricados y tópicos sentimentales es desdichada hasta el aburrimiento que mortifica a la buena, rica y metódica de Vera en su insípida vida. El amor por el marqués se ha acabado, como se acaba el amor según el novelista, de un instante para otro, aunque al menos su hermana Alba, criada por ella como la hija que no ha tenido (la telenovela también le tira mucho a Juan del Val) es “sexy sin proponérselo, que es como se es sexy de verdad”.