El otro día, cuando dejaste el cepillo de dientes en mi piso nuevo, pensé que ojalá nos dé tiempo a construir una nueva Pompeya

Siempre me obsesionó el monólogo final de Michelle Pfeiffer en Historia de lo nuestro (Rob Reiner, 1999). Yo tenía 15 años —15 años gais, que es una edad específica— y me fascinó tanto lo que decía como la seguridad con la que lo decía. Mis padres estaban a punto de divorciarse y yo deseaba que tuvieran una escena así: volver a est...

ar juntos y aceptar que lo conocido, aunque imperfecto, bastaba.

“Las historias no se escriben en una noche. En Mesopotamia o en la antigua Troya hay ciudades construidas sobre otras ciudades, pero yo no quiero construir otra. Me gusta esta”, decía ella. A los 15 aquello me parecía una verdad absoluta. Ahora tengo 41. El divorcio de mis padres ya no me da miedo, el mío está en orden, Rob Reiner ha sido asesinado junto a su mujer y ya ni siquiera me gusta la interpretación de Michelle Pfeiffer. Sobreactúa. El tiempo te vuelve menos romántico y más honesto.

Hace unos días estuve en Nápoles. Fui con mi hermana y mi madre para celebrar su 60 cumpleaños y pasamos todo el fin de semana paseando. Me hice incluso una foto en la pizzería Da Michele, donde Julia Roberts empieza su nueva vida en Eat Pray Love (Ryan Murphy, 2010) y aprende la palabra attraversiamo: atravesar (en ello estoy). Aprovechamos para conocer las ruinas de Pompeya. Pompeya es la metáfora perfecta de las ciudades encima de ciudades. De las ciudades debajo de ciudades. Sepultada en el año 79 dC por el Vesubio, quedó congelada: panes a medio hornear y cuerpos convertidos en moldes de yeso. Durante casi 1.700 años nadie supo lo que había ahí hasta que, en el siglo XVIII, un funcionario zaragozano al servicio del rey de Nápoles, el que sería después Carlos III, cambió nuestra relación con el pasado. Y desde entonces no hemos dejado de mirarla. Goethe estuvo. Freud la usó como metáfora del inconsciente. Pink Floyd tocó allí para nadie. Rossellini la filmó. Los hermanos Taviani la convirtieron en una idea moral. Bastille la convirtió en hit. Hay novelas, películas, camisetas, marcas de ropa. Amamos Pompeya porque es pasado puro: no responde, no discute, no cambia.