Un día, una mujer me saludó mientras esperaba en un semáforo. Creía no haberla visto en mi vida y supongo que mi cara fue suficientemente explícita. “Soy tal, la asesora de tal, que acabamos de estar juntos mientras le hacías la entrevista”. No sé si me puse rojo o blanco, pero no fue ni la primera ni la última vez que borraba una cara de mi memoria. En otras ocasiones las he confundido y he llegado a saludar de forma efusiva a personas equivocadas. “¿Nos conocemos?”, me preguntó uno. Vaya, pues quizás no. Lo siento.
He pensado mucho en ese cuadro de Magritte, en el que una manzana hace imposible reconocer su autorretrato. Es una buena ilustración del síndrome de la prosopagnosia: la ceguera facial. Tengo claro que no soy Magritte, entre otras muchas cosas porque desde hace unos meses mi cerebro hizo clic. Iba en el metro, miraba la pantalla del móvil y al levantar la mirada un momento topé con una cara. Un tipo más bien normal, de casi 60 años bastante bien llevados y una cabellera morena. Tras verlo un instante y devolver los ojos al móvil, estos saltaron como un resorte para buscar su cara de nuevo. Era él. Y tras unos segundos, mi inspección ocular se fue directa a una de sus manos, con la que se asía a la barra metálica del metro. Estaba limpísima, nada que ver con aquellos dedos ennegrecidos por el trabajo de la goma de los zapatos que más de 30 años atrás sirvieron, a mí y a mis amigos, decenas de gominolas en una tienducha dedicada a la reparación de calzado.






