Sueño con mucha frecuencia que estoy perdido. He vuelto a una ciudad en la que viví, en la que estuvo duraderamente mi casa, pero no encuentro el camino hacia ella, y según avanzo me voy perdiendo más, acosado por callejones y obstáculos, escalinatas de vértigo sobre espacios vacíos, túneles de metro cegados por derrumbes. Puede que llegue por fin a la casa, pero entonces caigo en la cuenta de que he perdido las llaves, o descubro, asomándome a una ventana, o a la puerta de un jardín, que la casa está habitada o ha sido usurpada por desconocidos, y que en ella no queda rastro alguno de mí ni de mi familia. El extravío espacial se corresponde con la distorsión del tiempo. En un cuento de brevedad y maestría suprema, El nadador, John Cheever cuenta la historia de un hombre de constitución vigorosa que una mañana de domingo en verano decide medio en broma volver a su casa cruzando a nado las piscinas de los vecinos de su urbanización. En lo que él piensa que han sido apenas unas horas, su vida entera se consume: de la mañana calurosa al frío del atardecer, del verano al otoño, de la plenitud física al escalofrío de la decadencia. En la casa que abandonó por la mañana no queda nadie.

Hay patrones narrativos en los sueños de cada uno, igual que los hay en las historias que algunos de nosotros inventamos, menos dependientes de nuestro albedrío personal o nuestra voluntad explícita que de corrientes muy profundas en las regiones más inaccesibles de la psique. Un cuento, una novela, tiene algo de ensoñación con los ojos abiertos, como una luz de eclipse, de esa penumbra fría de anochecer adelantado que nos sobrecoge en cada lectura de ese cuento de Cheever. Alguien sin nombre que ha andado perdido o perdida se acerca de noche a una casa en un poema de Emily Dickinson, no se atreve a llamar a la puerta o a empujarla, y cuando lo hace no sabemos qué pasa a continuación, porque el poema ha terminado con una brusquedad telegráfica, y porque esa puerta que se empuja es la de la muerte. La angustia tecnológica también se filtra a los sueños: llevo toda la vida soñando que estoy solo y perdido, pero en los últimos tiempos el teléfono móvil ha empezado a agravar mi extravío, y cuando quiero llamar el dedo índice no acierta a pulsar los números, y el mapa de la pantalla, si llego a encontrarlo, se me vuelve aún más confuso que cuando lo quiero consultar en estado de vigilia.