En los largos insomnios, ideas o imágenes inusitadas surgen como relámpagos en la oscuridad. En una sola noche sin dormir puede surgir entero un cuento o un poema. He llegado a pensar algunas veces que una novela aparece en la imaginación y se sostiene gracias a unos cuantos insomnios espaciados, que van alumbrando el camino que queda por delante. Esta madrugada, al cabo de muchas horas sin dormir, cuando ya está amaneciendo, he hecho uno de esos descubrimientos que le permiten a uno vislumbrar no ya detalles imaginarios que tienen toda la consistencia de lo concreto y lo verdadero, sino las líneas esenciales de una historia, la pura forma sumergida que la sostiene entera, o que convierte en ley de la naturaleza toda la proliferación de las observaciones singulares.

Pero en este caso el insomnio no está originado por una fiebre creativa, sino por una causa mucho más vulgar, de una contundencia irrefutable. No he dormido en toda la noche porque en la casa de al lado, con todas las puertas y las ventanas abiertas a lo que debería ser el regalo del aire de la madrugada, un grupo nutrido de gente joven y no tan joven está celebrando una fiesta en la que las carcajadas y los gritos de euforia alcohólica quedan sumergidos bajo un estruendo como de perforadoras de túneles cuyos golpes rítmicos contra la roca viva estuvieran amplificados por un equipo de sonido que bastaría para volver colectivamente sordos a los asistentes a un estadio. Hay gente que lo llama música. Pero no estoy en Madrid, en el vecindario del Santiago Bernabéu, escuchando el berrido oceánico de los seguidores de una de esas estrellas globales tan genéricas como la pizza o la Coca-Cola. Estoy en un pueblo interior, en una comarca que tiene algo de Edén regado por ríos de caudal jubiloso y protegido por un horizonte de montañas, uno de esos lugares que le permiten a uno sentirse fuera del mundo y a la vez habitar un mundo recogido y completo, como un arca de Noé en la que estuviera representada la variedad de las especies animales y vegetales y además de los paisajes: la vega fértil, las laderas de secano por las que trepan olivos y almendros austeros sobre la tierra roja, los montes de pinares, con cimas peladas en las que se encuentran ruinas de fortificaciones prehistóricas y de campamentos maquis de la posguerra, investigados con rigor y respeto por los arqueólogos.