Hablemos claro: a mi madre le ha decepcionado que yo no sea novelista. Aunque no me lo diga. Pero es que se me da fatal, de verdad, mam�. Y mira que me encanta hacer el rid�culo, pero s�lo cuando yo quiero. Y no es el caso. De hecho, hace muchos a�os, en un momento bastante delicado de mi vida, escrib� una novela. Su redacci�n me mantuvo en trance durante meses. Entusiasmada y ensimismada, como una bruja que acaba de dar con una p�cima in�dita. No pod�a pensar en otra cosa. Resultado: tal vez la peor novela de la historia. Tan mala que cuando a posteriori intentaba releerla para ver si la pod�a salvar de alguna manera, se me ca�a la cara de verg�enza. No puedo ni contar el argumento, del sofoco que me produce su recuerdo. Menos mal que las editoriales a las que se la envi� (�!) fueron compasivas y me la devolvieron. Imag�nate que alg�n descerebrado va y la publica. Me muero.
Por supuesto, destru� todas las copias.Menos dos. Una la ten�a una amiga y la otra, yo misma. Con los a�os consegu� hacerme con la copia de mi amiga (sin explicarle por qu� ten�a tanto inter�s en recuperarla, la verdad. Perd�name, Susana) y la hice desaparecer. Pero la �ltima, la m�a... Oye, que no pod�a destruirla. Es dif�cil de explicar. Era como borrar un trozo de mi vida, por pat�tico que fuera el trozo. Como hacerle un feo enorme a la Silvi obnubilada que hab�a tratado de evadirse de una realidad poco favorable a golpe de fantas�a narrativa. Pero, por otro lado, me angustiaban ideas como la (recurrente) de que a mi muerte mi hijo diese con la novela, la leyera y sufriese al hacerlo el peor de los bochornos. En este bloqueo estuve alojada unos... 20 a�os. Hasta que di con la soluci�n a mi problema. Cog� la novela y romp� cada p�gina, pacientemente, en trozos muy peque�itos, de cuatro o cinco cent�metros de lado cada uno. Y la met� enterita, sus 200 p�ginas, en una urna de cristal. Destruirla s�, traicionarme no. Ah� est�, en una estanter�a blanca en mi dormitorio, os la ense�o cuando quer�is. A trav�s del cristal se leen cosas, pero no se lee nada. Aunque todo est� ah� adentro.Nunca le he contado a mi madre la historia de esa porquer�a de novela, porque se llevar�a un disgusto y tambi�n porque en realidad lo que ella habr�a querido no es que escribiese una obra titulada Me llamo Irene, tengo 30 a�os y estoy muerta, sino una sobre la historia de mi (su) familia, una aut�ntica epopeya que empieza a finales del siglo XIX en Alhaur�n el Grande y desemboca en los a�os 40 en T�nger, donde mis padres se conocieron en un guateque y fueron felices a veces y otras no. Pero con este asunto pasaba como con tantas otras cosas que tienes tan a mano que ya las har�s otro d�a, otro mes, otro a�o. Hasta que hace unos cuantos empec� a plantearme que esa historia fascinante, la de mi propia familia, donde pasa de todo (r�ete t� de Stranger Things), estaba condenada a perderse a menos que yo me decidiese de una vez a consignarla. As� que empec� a sacar la grabadora y a enchuf�rsela a mi madre cada vez que nos sent�bamos a tomar un aperitivo en nuestros paseos por el malec�n de Garrucha. Lujo de entrevistada, ella empez� a contarme todo hasta donde la memoria familiar y la personal le alcanzaron: c�mo mi bisabuelo secuestr� a mi bisabuela para poder casarse con ella y puentear la negativa de los padres de ella al enlace; c�mo un gorila se abalanz� sobre mi abuela en la isla de Bioko, en Guinea, y ella se salv� gracias a lo resbaladizo de sus medias de seda; c�mo mi bisabuelo le sirvi� inn�meros caf�s a Franco en un bar de Tetu�n y despu�s del alzamiento se quejaba amargamente de ello; c�mo un hermano de mi abuelo Luis era tan imprudente al volante que los pasajeros del autocar que conduc�a entre T�nger y Tetu�n llegaban aterrados a su destino (adem�s de 15 minutos antes);c�mo mis abuelos con sus cuatro hijas y un ba�l enorme intentaron llegar a Marsella para huir a M�xico durante la Guerra Civil pero desistieron cuando los nacionales, ayudados por la Italia fascista y la Alemania nazi, empezaron a bombardear barcos de pasajeros en el Mediterr�neo...Es probable, pienso, que gracias a ese arranque de prudencia est� yo hoy aqu�. Qu� menos que perpetuar su recuerdo y contar su historia, �no? Una, adem�s, que no necesita ser novelada porque ya en s� misma es novelesca, la realidad no me lo pod�a poner m�s f�cil. Sencillamente para que los m�os, mi hijo y sus hijos si los tiene, mis sobrinos, su descendencia... sepan de d�nde vienen, por qu� vericuetos han llegado a estar vivos. Y no nacidos muertos, como mi Irene..., madre m�a qu� mierda de novela.










