Un hombre de 70 años regresa a la casona familiar en la que transcurrió su infancia. Ha decidido pasar unos días con su sobrino y con la mujer de este y la niña que han tenido juntos, a los que no conocía hasta ese momento. El joven tiene poco más de 20 años, toca el piano, vive allí encerrado, apartado de cuanto lo rodea, embebido en su música. De pronto es como si el tiempo se clausurara para ese hombre que está punto de jubilarse y hubiera vuelto a un mundo que alguna vez fue el suyo y que activa de pronto en él una memoria que permanecía emboscada. Salió de allí cuando tenía diez años camino de un internado, luego más adelante rompió amarras con los suyos y se fue a Madrid, donde se hizo ingeniero. Construyó su carrera en organismos internacionales. No sabe muy bien qué hace allí, qué diablos significa todo aquello.

“Todos los hechos que marcan una vida proceden de una violenta turbación”, apunta José María Guelbenzu en Una gota de afecto (Siruela), su última novela. El escritor murió el 18 de julio. En las páginas de este periódico fue el crítico que se ocupó durante años de diseccionar la narrativa que se publica fuera de nuestras fronteras, y también se convirtió en el gran maestro que nos ofreció las herramientas para disfrutar con los clásicos.