Una noche de 1982. Todo sucede ahí. Un niño de seis años está sentado en el salón de la casa de su abuela, en un pueblo de Bizkaia llamado Ortuella. Mira con atención a la pantalla de un pequeño televisor en blanco y negro. En uno de sus dos canales, ha visto aparecer los primeros instantes de una serie para mayores.
Se ha fijado en el título; Los gozos y las sombras. Y en lo que viene después, “De Gonzalo Torrente Ballester”. Y en lo último que lee; “Adaptación, Jesús Navascués”. El niño de seis años que está sentado en el salón de la casa de su abuela no entiende bien qué quiere decir la palabra gozos. Tampoco entiende a qué se refieren aquí las sombras. Desconoce quién es Gonzalo Torrente Ballester. Y no sabe nada de Jesús Navascués. Sin embargo, algo le mantiene atento a la pantalla. Quizá sea la melodía que envuelve las imágenes, quizá lo primero que muestran estas; una playa y un bosque que tanto se parecen a los que alguna vez ha visto cerca de su casa. Hay algo en la pantalla que le mantiene pegado al primer capítulo de la serie.
Todavía no lo sabe, pero está delante de la adaptación para la televisión de una de las cumbres de la literatura española del siglo XX. Tampoco sabe que en ella se describe un tiempo de contrastes entre viejos y nuevos mundos, los que dieron forma a la Segunda República en el ciclo convulso de 1934 a 1936, que en las páginas de esa novela y en los capítulos de aquella serie, entre aquellas paredes de piedra, pazos y calles porticadas, viejas familias rentistas, en pleno ciclo de decadencia, se rebelan contra los cambios de una época, contra el desarrollo imparable de la industria y contra la transición en la estructura de la propiedad y el protagonismo en la riqueza. Que, además de todo eso, la obra viaja por el interior de la naturaleza humana y de los dilemas morales y que lo hace de una manera magistral. Todo eso tiene delante entre aquel paisaje de calles lluviosas de un pueblo imaginario que se llama Pueblanueva del Conde.






