Entre las parejas hay una que lleva once años y quiere saber si su relación va en serio o están perdiendo el tiempo. Hay gente que en esa tesitura decide tener un hijo, así que a favor de monetizar las ruinas del amor y coger un poco de colorcito en Samaná

Nunca pensé que echaría de menos no consumir productos estupefacientes, pero ese día ha llegado. No sé si alguna sustancia podría provocar que los 162 minutos de La isla de las tentaciones sean más llevaderos, pero seguro que sí, mucho más divertidos. Como no soy consumidora del formato, más allá de los mejores momentos de la primera edición, la de Estefaníiiiiiiia, y de la penúltima, la de Montoya y su Carros de fuego en versión cañí, lo que más me ha sorprendido al ver un programa entero es que es lento. No lo esperaba de un formato que consumen especialmente adolescentes. Esperaba más dinamismo y también más oropel en un espacio que lleva diez ediciones en seis años y que es la gran esperanza de Telecinco junto a Supervivientes y De viernes, porque cuando Mediaset dijo que iba a hacer programación familiar, se refería a la familia Manson.

Como a estas alturas todo el mundo sabe de qué va, no me extiendo con la mecánica. Son parejas que, creyendo que su relación está en peligro, van a magrearse a una isla tropical con desconocidos más o menos turgentes. Tiene todo el sentido, sí. Su simpleza sorprende tanto como la rapidez con la que todos y todas olvidan que a esas personas les pagan por seducirles. Algo que ya era risible hace más de veinte años cuando Carolina soltó el hilarante “Jo, tía, Nube!”. “¡Saendy está por mí!” en Confianza ciega, el programa con el que empezó todo. Pero esta gente es demasiado joven para recordarlo. Aquí hay concursantes que no habían nacido todavía en 2002. Y sin embargo, ya conocen los sinsabores del amor. “Yo era muy golfo de joven”, dice Alex con 23 años, el Espartaco Santoni del jardín de infancia.