Algunos futbolistas retirados añoran lo que fueron. Otros intentan alejarse

Hace muchos años, asistí a la siguiente escena. Un conocido exjugador de fútbol de los años ochenta se enfrentó a un grupo de chavales, de no más de 20 años, que tomaban unas cervezas en el bar en el que estábamos. Algo había sucedido que discutieron. Las palabras subieron de tono y en un momento dado, el antiguo futbolista se encaró con uno de ellos, un chico delgado, de pelo rizado, cejas p...

untiagudas y mirada retadora. El primero le amenazó y el chaval le exigió que se largara si no quería llevarse dos tortazos. Entonces, la antigua estrella hinchó el pecho como un gallo y preguntó: “Pero, ¿tú sabes quién soy yo?”, a lo que el chico contestó: “Yo sé quién eras”.

Cada uno de nosotros es el resultado de lo que somos en el preciso momento en que nos encontramos y cómo nos relacionamos con lo que hemos sido hasta el instante que vivimos. Somos presente y pasado. Más precisamente: somos presente y una mirada a nuestro pasado a través de un espejo que, como los retrovisores, bien podría llevar una advertencia sobre la distorsión de lo que nos muestra.

En este sentido, los futbolistas que ya no están en activo se dividen en dos grandes grupos: los que añoran lo que fueron y los que intentan alejarse de ello. El jugador de la anécdota creía que su estatus era vitalicio y el chico lo despertó de esa ficción. En el otro extremo están aquellos que intentan pasar desapercibidos, o incluso niegan haber sido quienes fueron. Se cuenta que en cierta ocasión una señora se acercó a Moacir Barbosa, el portero de la selección brasileña que perdió la final de 1950 del célebre Maracanazo, y señalándolo, le dijo a su hija: “Míralo. Este es el hombre que hizo llorar a todo el país”. Juan Villoro lo definió como “el hombre que murió dos veces”.