El legendario portero eligió una vida sin relato público. Es significativo que uno de los mayores mitos del fútbol español decidiera no explicarse
De pronto un relámpago tremendo y feliz de la memoria en Sevilla: aparece en la televisión un hombre ya mayor en el palco del estadio de La Cartuja, parece que grabando con el móvil las celebraciones de los jugadores de la Real Sociedad. Conserva buen pelo y una mandíbula clásica, hollywoodiensemente dibujada, que no deja espacio a la duda: ese hombre alto y bien parecido es e...
l responsable de que el portero de la Real, Unai Marrero, lleve la camiseta retro elegida para la final, responsable directo también de que la Real ganase la final de 1987 al Atlético y en los penaltis, responsable de que España llegase a la final de la Eurocopa en 1984 tras un torneo memorable empañado por una tragada en un disparo de Platini en la final; es, por encima de todo, un mito cuya fama en los 80 llegaba todas partes, y quien se ponía en la portería de cualquier colegio de España se exigía, también, el deber de ser él, el deber de ser Arconada.
Así que allí estaba, justificando él solo el mayor poder de conexión del fútbol, que es, como en cualquier deporte, el de la memoria. 71 años, compruebo en internet. Se encontró a Marrero en el aeropuerto de Sevilla y se acercó a felicitarle; Marrero paró dos penaltis en la tanda final, desequilibrando el partido. Por ese camino el fútbol se vuelve una forma de relato que no necesita narrador: el portero joven, vestido como un eco, decide una final desde los once metros mientras que el portero antiguo, que decidió otra, observa.






