Lo importante es no olvidar por qué empezamos a hacerlo, qué nos llevó hasta ahí, y sentir que merece la pena incluso cuando las cosas no salen bien, cuando la tarea exige más de lo que devuelve

En la mesa había varias personas que habían dedicado su vida al deporte profesional. Se habló de los sacrificios realizados. De los dolores y las lesiones. De la renuncia a una vida convencional. De la desazón inmensa que aparece cuando no se alcanzan las metas marcadas. De la idea de que siempre podrías haber dado un poco más. De la obsesión con los errores, con esos fallos que te persiguen como espectros de un cuento de terror victoriano. De la vejez prematura del cuerpo después de años...

de rendir al máximo. Y de la necesidad de reinventarse tras la retirada, ese día a partir del cual ya no eres el mismo. Fue arrollador.

En un momento dado se hizo el silencio entre los comensales. Quizá para romperlo, alguien me preguntó si, siendo consciente de todo aquello, me gustaría que alguno de mis hijos fuese deportista de élite, quizá futbolista. No sé por qué me lo preguntó precisamente a mí. Tampoco supe qué contestar. Dudé. Quizá buscando salir de la encrucijada y dejar de sentirme observado por los presentes, le trasladé la cuestión a ella. Fue como un pase, una asistencia a alguien de quien sabes que está en mejor posición para marcar.