Los motivos para marcharse del fútbol han sido tantos que no merece la pena enumerarlos uno a uno. Y todos los intentos han resultado, sin embargo, fallidos.

Según T. S. Eliot, “los poetas inmaduros imitan; los poetas maduros roban; los malos estropean lo que roban, y los buenos lo convierten en algo mejor”. El martes pasado Pep Guardiola se sentó en la sala de prensa del Santiago Bernabéu para dejar una frase tan tajante como la de Eliot, pero mucho más escueta: “Que mee con la suya”. Si no fuera porque Robe Iniesta estaba en ese momento a punto de morir, cualquiera diría que el músico se la estaba susurrando a...

l oído, cediéndole a Guardiola un último verso canalla para explicar de un plumazo que al fútbol, como a todo lo demás, solo se puede jugar con las ideas propias.

La primera vez que me marché del fútbol, la primera vez que quise dejarlo de lado para siempre, fue a los 15 años, un domingo por la tarde en el que ya casi era verano. El Alcorcón perdía 1-2 con el Ontinyent en el partido definitivo por el ascenso a Segunda División. Un despeje ortodoxo mandó el balón fuera del estadio y, como buen recogepelotas, tuve que salir a buscarlo. Días antes me habían echado del equipo juvenil junto a otros tantos compañeros porque habían fichado a algunos jugadores mejores para la próxima temporada. Si a los 15 años ya te han echado de una cantera de Segunda B significa que nada de lo que imaginaste para tu vida llegará a suceder. Así, en ese breve impasse rebuscando la pelota entre los aledaños del estadio, el equipo anotó el gol del empate.