En el fútbol de élite, donde todo se mide en títulos finales y jerarquía, la excusa nunca funciona como salvavidas sino como coartada, cosa que el Real Madrid ha convertido en protocolo

Nada resulta más contraproducente para el normal desarrollo de un adolescente que un buen ramillete de excusas. Y lo mismo sirve para un futbolista que cobra sus nóminas en millones de euros o un entrenador del máximo nivel. Hay mil proverbios sobre este asunto, casi todos desfasados en la forma, pero muy aprovechables en el fondo, sobre todo cuando la autoría de dichas excusas lleva la firma de quienes debieran fiscalizar el comportamiento del adolescente, el rendimiento del futbolista o los resultados del entrenador. En el fútbol de élite, donde todo se mide en victorias parciales, títulos finales y jerarquía,

a-su-lado.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/deportes/futbol/2025-10-30/domar-a-vinicius-o-trotar-a-su-lado.html" data-link-track-dtm=""> la excusa nunca funciona como salvavidas, sino como coartada. Y el Real Madrid, desde hace ya un tiempo, ha decidido convertir la coartada en protocolo.

De la mano de Florentino Pérez (si no desde mucho antes, sobre esto hay disparidad de opiniones) el club blanco se ha instalado en una lógica que no admite ningún tipo de matiz: solo vale ganar. Parece una exigencia lógica y acorde con su historia, responsable en gran parte de una grandeza que resulta indiscutible incluso para quienes se pasan media vida tratando de discutirla. El problema aparece cuando la derrota deja de entenderse como una consecuencia del juego y comienza a interpretarse como una anomalía provocada desde fuera. El rival nunca cuenta, nunca juega mejor, nunca corre más, nunca acumula mérito alguno. Siempre hay algo borboteando detrás del telón: árbitros, organismos oficiales, despachos opacos, consultorios médicos de prácticas inconfesables... Fuerzas oscuras que operan contra el Madrid como si este fuese una especie de ONG acosada por el sistema y no uno de sus mayores beneficiarios desde que alguien, no se sabe quién, decidió que la palabra sistema servía para explicarlo casi todo.