Hemos tenido otra prueba más de la ilógica del fútbol y de la lógica del Real Madrid. De esa mezcla, provocada por los locos de afuera del campo y los de dentro, nacen noches inolvidables

Subestimar al Madrid es una mala idea. En esta ocasión el golpe sobre la mesa fue mayúsculo, porque no lo esperábamos. Nos aferrábamos a cosas de orden antiguo: al compromiso histórico, a los valores esenciales donde habita la identidad. Y debe ser verdad que en todo eso hay un poder secreto....

Hemos tenido otra prueba más de la ilógica del fútbol y de la lógica del Real Madrid. De esa mezcla, provocada por los locos de afuera del campo y los de dentro, nacen noches inolvidables. El equipo venía de grandes desilusiones. El suelo de la desgracia parecía no tener fin: diseño de la plantilla discutible, lesiones interminables, resultados decepcionantes… Sin embargo, apareció una virtud admirable: el equipo no se dejó atravesar por el miedo.

Faltaban grandes figuras y visitaba el Bernabéu un equipo temible. Aun así, una construcción colectiva con espíritu amateur fue suficiente para poner las bases y para ir afianzando el partido. Luego Valverde, en noche memorable, incendió el Bernabéu que, una vez más, no creía lo que estaba viendo. Definitivamente, las alegrías no son todas iguales. Las inesperadas hacen historia.