El equipo de Arbeloa, muy impreciso, empata sin reacción contra el Girona, entrega otro pedazo de Liga al Barça y se juega ya toda la temporada a una difícil remontada el miércoles contra el Bayern en Múnich
A medida que avanza la primavera, ese encantamiento invocado por Arbeloa, el Real Madrid se parece menos al de sus primaveras felices. Cuando se esperaba el último empujón para apretar al Barcelona hasta el final por la Liga, se desinfló en Mallorca y siguió perdiendo gas, igualmente desorientado y más fallón, contra el Girona, que se llevó un empate del Bernabéu que deja al Barça la posibilidad de ponerse este sábado nueve puntos por delante si gana al Espanyol, con solo siete jornadas por delante. La caída de tensión les aleja del título y les acerca un poco más al precipicio de otro curso en blanco. O remontar al Bayern en Múnich el miércoles en la vuelta de cuartos de Champions, o nada. Pero mientras avanzan a ese abismo, ni se conectan contra el Mallorca, ni contra el Girona, ni con su grada, que volvió a despedirles enfadada, rumbo a esa misión improbable en Alemania.
La interpretación más precisa de lo sucedido cayó del graderío al final del primer acto con una desgana en sintonía con el progresivo decaimiento del Real. También a tono con cómo se había extinguido antes del descanso. Gazzaniga desperdició el minuto añadido, parado ante la pelota, mientras Brahim hacía señas a Vinicius para que se acercara y le obligara a agarrarla. Pero al brasileño también le sobraba tiempo. No se movió y el partido se mantuvo unos segundos más enganchado ahí, en el vacío. Entonces Brahim aceleró, el portero cogió el balón, se dispuso a sacar y el árbitro, también aburrido, les mandó a los vestuarios. La grada soltó una pitada lánguida, como quedándose sin aire al empezar a soplar.






