Esta es una columna sobre la tiranía perfección que, irónicamente, he reescrito unas treinta veces. El otro día debatía con mis amigos sobre si pintar tan bien como alguno de los artistas de una exposición que estábamos viendo era alcanzable con mucha dedicación y trabajo. Personalmente creo que cualquiera, con suficiente esfuerzo, puede llegar a ser un buen pintor, un buen pianista, un buen escritor, un buen atleta, pero no estará ni siquiera cerca de ser uno muy bueno....
En su libro ‘Mientras escribo’, Stephen King sugiere que puedes alcanzar cierta maestría practicando a diario, pero que nada convierte a un buen escritor en gran excelente: o lo eres o no lo eres. Vamos, que la perfección depende casi siempre de un talento aleatorio otorgado al nacer. Esto deja la meritocracia en un lugar tristísimo, pero es así, especialmente en el deporte. Léon Marchand, por ejemplo, nació con los genes de la suerte. Leo Messi nació con un don sobrenatural que supo -que supieron- potenciar (igual la clave es llamarse Leo o León). Porque luego está el azar, claro. Apuesto a que hay decenas de miles de personas que nunca llegan a descubrir que tienen un talento natural para algo. Los lanzadores de martillo, los saltadores de pértiga, los arqueros... ¿Cuántos potenciales talentos camuflados nos rodearán? Tú mismo podrías ser un excelente jugador de curling sin saberlo.






