Rafa Nadal ha ganado. Ya no se puede hacer casi nada sin esforzarse, sin sacrificarse. Nos pasamos el día remontando dos sets a 40 grados en Melbourne. En una sociedad que ha glorificado cualquier acción, por muy banal que sea, hasta elevarla a la categoría de experiencia, resulta cuando menos paradójico que cada vez resulte más complicado colmar nuestras aspiraciones, que, a su vez, son cada vez más inanes. Nos iban a democratizar la vida hasta convertirla en algo 24 horas fácil, domótica y emocionante, una existencia en la que iba a ser rematadamente imposible escapar de la diversión. El problema es que se han creado necesidades a gran velocidad y se está siendo mucho más lento en fabricar formas de colmarlas, lo que redunda en una sociedad con infinidad de personas frustradas porque el lanzamiento de una colección exclusiva online de su marca favorita les pilló haciendo cola virtual para comprar una entrada para un concierto de un artista del que no conocen ningún tema, mientras se matriculaban en un máster. El esfuerzo debería reservarse para lo que vale la pena, y es imposible que haya tantas cosas que valgan la pena. No soy un experto, pero dudo que esto fuera así en el Imperio Romano.