Hay partidos, como la final de Roland Garros 2025, que incorporan, después de la euforia por lo que has visto, una pequeña sensación de tristeza. ¿Volveremos a ver algo igual? ¿Será posible ir aún más allá? ¿Se puede jugar mejor al tenis? La respuesta es sí, ¿pero cuándo y cuánto? ¿Qué margen deja esta final para que otra pueda considerarse mejor?
Del mismo modo que el ser humano puede correr los 100 metros lisos en 9,58 (Usain Bolt, 2009), tenemos tanta seguridad de que algún día ese récord se puede romper como que el ser humano, por mucho que se proponga, no bajará de los nueve segundos en muchas décadas, ni de los ocho en siglos, y aun así se necesitaría una evolución del Sapiens.
Es decir, hay límites, también en el tenis. Y Carlos Alcaraz y Jannik Sinner, en algunos momentos del partido de este domingo, exploraron esas fronteras, las pisaron, amenazaron con cruzarlas en algún momento. Hubo puntos en los que sencillamente no se podía jugar mejor: no se podía pegarle más fuerte a la bola, no se podía ajustarla más a la línea, no se podía ir a más velocidad por tierra batida, no se podía estar más concentrado. Y todo esto, en la central de Roland Garros, durante la final de un Grand Slam a cinco sets, y desfilando por todas las emociones posibles en cinco horas y media para los fans de los dos tenistas, con alternativas hasta en el último set, cuando Sinner parecía doblar la rodilla y de repente se adelantó, y parecía hacer suyo el partido nuevamente.













