¡Qué final la del domingo en Roland Garros! No encuentro palabras para describirlo. No quiero pensar, porque me lo puedo imaginar, lo mal que lo pasaron los familiares y los equipos de Carlos Alcaraz y Jannik Sinner. Fue una de esas ocasiones en las que lo más humano es lamentar que los dos tenistas no pudieran compartir ex aequo el trofeo. El del domingo fue su primer enfrentamiento en una final del Grand Slam y en disputa no solo estaba levantar la Copa de los Mosqueteros, sino también dar un paso más en su lucha por dilucidar quien de los dos será el que logre anotarse más títulos en este tipo de torneos. De momento, el jugador español domina por cinco a tres.
El encuentro superó sobradamente las expectativas que había levantado. Sin duda asistimos a un partido épico y a uno de los mejores de la historia. Los dos contendientes se batieron durante casi seis horas en una encarnizada batalla en la que se vieron forzados a ofrecer prácticamente en todo momento su mejor versión. Los dos se prodigaron menos en sus subidas a la red y se decidieron por jugar desde el fondo de la pista, imprimiendo en cada uno de sus tiros una gran intensidad.
El partido tuvo momentos de un nivel altísimo, alternancia en el marcador y emoción hasta el final. Siendo cierto que cualquiera de los dos hubiera podido ganar el encuentro y que en esta ocasión la fortuna se alió un poco más con el jugador de Murcia, también lo es que Carlos demostró, una vez más, su coraje, su capacidad de lucha, el excelso competidor que es y cómo sabe controlar sus emociones en los momentos decisivos. Consiguió elevar su juego cuando todo estaba en su contra y no perdió la concentración en ningún momento.












