Pícaro, habla claro Carlos Alcaraz, consciente del revuelo que generó el estreno de su documental a finales de abril. Una vía transgresora, a contracorriente. ¿Hacer historia divirtiéndose y disfrutando, yéndose a “reventarse” a Ibiza a las puertas de Wimbledon, al circuito de Monza sin permiso o corriéndose de vez en cuando algunas juergas? De repente, el deporte de élite, tan crudo, tan exprimidor, se humaniza. Un talento contra sus circunstancias, las lógicas para un veinteañero al que se le abren las puertas de la gloria deportiva y al que se le niegan unas cuantas de lo mundano: comerse una hamburguesa con los amigos en El Palmar o salir de fiesta, trasnochar. Vivir.
Choca, teniendo en cuenta de dónde viene el tenis español; Rafael Nadal y esa línea del sufrimiento, innegociable, primordial. El único camino. O tal vez no. Se desconoce hasta dónde llegará, si durará más o menos el éxito o si a él mismo se le agotará la gasolina o el fuego interior, esa chispa para querer convertirse en el mejor de la historia. Quién sabe. El caso es que Alcaraz es fiel a lo que se prometía: hacerlo de un modo concreto, con todos los sacrificios, sí, pero sin negarse puntualmente esa otra parte a la que John McEnroe aludía en una entrevista concedida a este periódico antes de la final y en la que afirma: “¿Desahogarse? Todos lo necesitamos”.








