Sin trampa ni cartón, Carlos Alcaraz abandonó el 8 de junio París prácticamente a la carrera. Después de firmar una remontada memorable ante el número uno, Jannik Sinner, el murciano se desplazó inmediatamente a un restaurante italiano para celebrar su quinto grande junto a su gente —familiares, equipo y amigos— y, al día siguiente, sin haber posado siquiera para la ...
foto protocolaria del campeón en algún rincón simbólico de la ciudad, cogió un vuelo directo a Ibiza para disfrutar de los aires purificadores de la isla. Estuvo allí cuatro días, pero sin soltar el freno de mano. Esta vez, nada de “reventarse”, como sí lo hiciera un año antes tras su primer éxito en Roland Garros.
“El año anterior fue más movido que este. Esta vez salí el primer día, pero los otros dos no; a las doce estaba en la cama, tanto el martes como el miércoles, aunque sí salí por la tarde…. Me estoy haciendo mayor y el cuerpo ya no me da”, decía a su aterrizaje en Londres, donde este domingo (7-5 y 6-7(5) y 6-2 a Jiri Lehecka) volvió a coronarse en el torneo de Queen’s, prolongando así la extraordinaria dinámica que inició en abril. A partir de ahí, victorias y más victorias; tan solo una derrota que respondió, en parte, al hecho de que esa tarde sufrió en la final del Godó, ante Holger Rune, una pequeña rotura muscular. Le privó del título, pero no obstaculizó lo más mínimo su inercia ganadora.









