Hasta hace mucho, Carlos Alcaraz acostumbraba a contemplar a sus ídolos por la televisión, de ahí la cara de felicidad del niño que tres días antes repartía limonada en un carrito por el área reservada a los jugadores y sus equipos, al que la organización le ha concedido el honor de abrir el turno de preguntas en inglés. Responde el tenista, de nuevo número uno después de haber batido a Jannik Sinner con un verdadero recital, con el instinto ya del adulto pese a que solo tenga 22 años. Hace cuatro, se coronó por primera vez en Nueva York. Ha cambiado, pero no tanto. El campeón se pone en esa piel inocente: “Antes de que me hagas la pregunta, quiero decirte que estaba muuuuuuuy buena”.
El español ha llegado casi con una hora de retraso sobre la hora anunciada, al haber atendido compromisos varios. Está feliz, pletórico, pleno. Se divierte. Lo saborea. A diferencia de otras ocasiones, en las que el ganador de turno o él mismo suelen llegar al encuentro desfondados, fruto de la descompresión, esta vez se le ve de lo más entero. “Probablemente lo celebre con la limonada, ¿eh?”, bromea antes de empezar a repasar cómo han sido estos días en los que ha llevado a cabo una exhibición de juego y de control. Se asociaba al principio la superioridad al bajo nivel de los primeros rivales; sin embargo, a la hora de la verdad, cuando correspondía, ha descorchado el champán.






