A veces, un detalle vale para transformar un compromiso que se antoja más bien anodino en un fotograma a guardar. A eso de las dos huele a aceite rancio de fritura, predomina un extraño orden en la Arthur Ashe y enseguida, cuando la gente todavía está terminando de llenar el buche por las horas, nachos, tacos y cantidades ingentes de salsas indescifrables de aquí para allá, Carlos Alcaraz se saca un conejo de la chistera. Lo que sucede después responde a la pura lógica; un triunfo más, no por ello sin desmerecer su gran valor; el de El Palmar ya luce en los cuartos del US Open. Pero solo por esa maniobra, una delicatessen en el territorio de lo grasiento, el capítulo contra Arthur Rinderknech ha merecido la pena.

El número dos del mundo lo cierra en 2h 12m (7-6(3), 6-3 y 6-4) y se recordará por el chispazo de genialidad. “A veces practico esos golpes, no voy a mentir, pero no los entreno mucho. Si surge la oportunidad, lo voy a intentar en los partidos. He tenido la opción y, ¿por qué no? Creo que a la gente le gusta, y a mí me gusta jugar así al tenis. Me sale de manera natural”, concede a pie de pista el español, esta temporada sinónimo de consistencia. Ha alcanzado al menos los cuartos en los cuatro grandes y se dirige ahora hacia el checo Jiri Lehecka, de 23 años y 21º del mundo; duro de pelar, superior a Adrian Mannarino (7-6(4) 6-4, 2-6 y 6-2) y también exigente. Dos encuentros este año, Doha y Queen’s. Uno para cada uno.