La punta de un pie se cuela in extremis en el ascensor que conduce a la tribuna de la Philippe-Chatrier y la puerta vuelve a abrirse de golpe. De repente, con toda su envergadura, aparece el Conde Drácula, o sea, el todopoderoso empresario y ex tenista transilvano, Ion Tiriac. Enorme, grandes gafas con montura dorada, uno de esos bigotes con barba que nunca auguran un carácter afable. El ex campeón de Roland Garros, hoy empresario multimillonario, entra en el cubículo y se dirige a su impresionado interlocutor, quizá tomándole por italiano. “Solo ganará si sirve mejor que el viernes”. ¿Quién? “Sinner, señor, por supuesto”. El italiano, un tenista total, no solo hizo eso a la perfección el domingo. Pero el partido, eso no lo sabía ni siquiera Tiriac en ese momento, se iba a disputar en otro territorio.
La noticia, cinco horas y veintinueve minutos después, la final más larga de Roland Garros y una de las más alucinantes de la historia del tenis, fue el nacimiento de una nueva era después de un cuarto de siglo prodigioso presidido por el big three. Del exterminio por inanición de varias generaciones de tenistas que se acostumbraron a ver las finales de los grandes torneos desde la tribuna. Bendecidos por el recién inaugurado baldosín en la cancha con el nombre de Rafael Nadal, el español más grande en París, Sinner y Alcaraz, abrieron el testamento delante de todo el mundo y leyeron lo que ya sabíamos: la herencia es suya.






