Entrenamientos todos los días y fines de semana ocupados: el auge del deporte intensivo entre adolescentes transforma la vida familiar y plantea un riesgo silencioso, cuando la exigencia sustituye al disfrute

Entrenamientos las tardes entre semana, competición los fines de semana, viajes, equipaciones, madrugones. En cada campo de fútbol o de rugby, pista de pádel o baloncesto, pabellón deportivo o piscina, se repite la misma escena: padres y madres en la grada, mirando, animando y también sufriendo por sus hijos e hijas deporti...

stas. Detrás de cada adolescente que compite hay una familia que reorganiza su vida. Cuando el deporte deja de ser una actividad extracurricular, pasa a ocupar un eje central de la vida de muchos hogares.

Los sábados empiezan pronto, también los domingos. Padres y madres que encadenan kilómetros antes de las nueve de la mañana para llegar a una competición y que, en muchos casos, organizan su agenda social en función de calendarios deportivos. “El impacto en fines de semana, vacaciones o planes sociales fue enorme y lo sigue siendo”, resume Marie Magnol, madre de dos jóvenes, Mateo Antem, de 19, y Tom Antem, de 22 años, ambos jugadores de rugby en el club Silicius Alcobendas Rugby, deporte que practican desde el colegio. “Por nada del mundo nos hubiéramos perdido un partido; ambos padres teníamos ese compromiso, siempre lo hemos tenido. Nuestra vida social se organizó alrededor de su deporte; también nos parecía un gran plan porque nos reuníamos con muchos otros padres, hicimos muchos amigos”, recuerda esta madre. “Jamás ha sido un esfuerzo y siempre ha sido un planteamiento de decisión vital”, añade.