La motivación para entrenar, fijar una rutina o la posibilidad de conocer a personas y compartir aficiones son tres de las razones que explican por qué las aplicaciones deportivas, convertidas hoy en redes sociales, están en la cresta de la ola. Así lo demuestran las descargas, que se han multiplicado en el último lustro, y así se percibe también entre los usuarios, que cada vez se cruzan con más conocidos en su perfil digital. Si bien los beneficios no se cuestionan, cada vez hay más voces que ponen el foco en la otra cara de la moneda, ya que un uso excesivo genera frustración, estrés o la asunción de riesgos innecesarios.

La frustración aparece en la comparación con los demás, al ver que el esfuerzo realizado no es suficiente para mantener el ritmo del resto de usuarios. Ligado a este sentimiento de insatisfacción, surgen el estrés y la presión por cumplir con las expectativas generadas y por estar a la altura de la imagen digital que se pretende proyectar. Todo ello lleva, en algunos casos, a prácticas de riesgo en el entrenamiento por alcanzar unos objetivos que mostrar al resto.

Esto se advierte y se desarrolla en el libro El riesgo de la vanidad. Redes sociales deportivas y su efecto en la salud mental (editorial Alfons el Magnànim), del historiador y periodista Carles Senso. El texto analiza la relación entre la adicción y el consumo de aplicaciones deportivas —entre las que Strava es la reina— y la afectación a la salud mental de los usuarios. Mediante una encuesta a cerca de 300 atletas no profesionales y la recopilación de estudios y artículos publicados en las últimas décadas, el libro concluye que, aunque los beneficios de usar estas aplicaciones como red social siguen siendo mayoritarios, hay un porcentaje no desdeñable de personas a las que la presión social de la exposición pública le está afectando física y psicológicamente.