Si cambia el fútbol, no puede extrañarnos que cambien los futbolistas. Los jugadores actuales son hijos de un tiempo en el que ser famoso da derechos. También representantes de un fútbol que, subido encima de la globalización, aumentó su prestigio social, comercial y cultural. Un buen número de futbolistas ya obran en consecuencia. Aquel futbolista discreto y algo misterioso, mutó en superhéroe, en ‘influencer’, en símbolo identitario. Este verano tuvimos dos ejemplos cercanos.

El festejo del cumpleaños de Lamine no lo colocó por encima del fútbol, sino que fue la expresión genuina de un fútbol nuevo, de un futbolista nuevo. Lamine se envistió de brillo, se rodeó de bufones y de mujeres llamativas, exhibió lujo y poder. Una riqueza de pobre que provocaba ternura en su exhibición. Pero claro, si cualquier pelagatos busca relevancia en las redes haciendo el bobo, cómo no lo va a hacer Lamine, que es un crack con atisbo de genio al que el mundo le rinde pleitesía. La fiesta fue una afirmación de estatus. Hay, en los jugadores actuales, una cuidadosa gestión de la marca personal. Peinados, tatuajes o videoclips hacen del futbolista una figura pop. Y se sienten cómodos teatralizando el éxito. Trabajan y juegan como los dioses, pero proyectan un relato paralelo. El riesgo es perder conexión con el hincha. No todos se sienten identificados con el jet privado, con el reloj millonario, con la fiesta exclusiva. En esa tensión el futbolista se arriesga a dejar de ser “uno de los nuestros”. Supongo que no para las nuevas generaciones.