Estos virtuosos, ¿en qué momento dejan de ser niños que juegan al balón? Pensé en todos los que siempre me han acompañado y me sentí afortunado

Corría el 70 cuando saltó al campo. Había disputado unos minutos antes, pocos, apenas una docena, en un partido con el primer equipo. Pero aquellos fueron lejos de casa, así que, aunque no era su debut con el club, sí la primera vez que jugaba ante los suyos, en su estadio. El partido era el más importante de lo que llevábamos de curso, de modo que no se trataba de uno de esos ratos puramente testimoniales que a veces los entrenadores regalan a los jóvenes para que se vayan fogueando y pierdan el miedo escénico.

is.com/deportes/futbol/2026-01-24/el-sevilla-mete-al-athletic-en-problemas.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/deportes/futbol/2026-01-24/el-sevilla-mete-al-athletic-en-problemas.html" data-link-track-dtm="">Todo lo contrario: el momento era clave y el mensaje del míster de confianza clara. La grada reaccionó en consecuencia. Cuando aquel delantero centro de apenas 20 años puso el pie sobre el césped, el estadio, desbordado con más de 50.000 almas, estalló al unísono, jaleándolo.

Yo estaba entre ellos, aplaudiendo, y, como siempre que debuta un canterano, intenté imaginar qué estaría pasando por su cabeza. Supongo que nos ocurre a todos los que de niños soñamos fuerte con ese momento y no lo conseguimos: cuando vemos a otros cruzar la meta que tanto ansiamos, no podemos evitar preguntarnos qué sentirá. ¿Qué mezcla de orgullo, temor, responsabilidad y sueños se agitaría ahora en el corazón de ese chico, quizá en su estómago?