Como tantas estrellas del fútbol femenino, Mariona Caldentey creció jugando entre niños, compitiendo contra ellos y siendo confundida, por su talento, con uno de ellos. Antonio Barea, seleccionador balear y ojeador y captador de las selecciones inferiores, la recordó así hace dos años en el diario mallorquín Última Hora: “Fui a ver a un partido y pensé que era un niño. Por su aspecto y por cómo se movía, hasta que alguien de la grada me dijo: ‘Usted se equivoca, es una niña’, y me quedé muy sorprendido”. Lo demás es conocido: Mariona Caldentey se convirtió en una leyenda del Barcelona, donde ganó 19 títulos antes de irse al Arsenal a seguir ganando, y de la selección española, campeona del mundo.

Nunca se sabe, en ninguna parte, en ningún momento, dónde está la gloria y el golpe. Caldentey sufrió el mayor de todos en 2018 con la muerte repentina de su padre a causa de un infarto, Miguel Ángel Caldentey, culé acérrimo, fanático seguidor de su hija y su primer apoyo desde que era niña. Sus padres fueron los responsables de que su hija no tuviese en su pasión por el fútbol una carrera de obstáculos: la criaron en un ambiente proclive a que desarrollase su talento donde quisiese, le hicieron ver que todo es para todos y a veces hay que pedirlo, y otras, cogerlo sin más. Todos los trenes que pasaron por la carrera de Mariona Caldentey los cogió; todos los hizo descarrilar hacia el éxito suyo y de sus equipos.